Chinatown

Otra vez vinimos con mi hijo al barrio chino.

Es sábado y el sol te calcina.

No es un paseo que nos entusiasme ni a mi mujer ni a mí.

Aunque sea un lugar exótico tiene el mismo trajín que el microcentro.

Cuando Matías era bebé preferíamos ir a almorzar a restaurantes con juegos alejados de la capital, visitar una granja o conocer algún museo.

Pero desde que el teacher del jardín le enseñó pronunciar “Chinatown” y le contó que podía llegar al barrio sin necesidad de tomarse un avión, para mi hijo no hay mejor plan de fin de semana: cruzar el arco de Juramento y Arribeños es viajar a otro país.

Matías camina apurado, casi corriendo, de un lado al otro de la peatonal.

Señala vidrieras, quiere cualquier baratija que le llama la atención.

Yo voy detrás, de cerca para no perderlo.

─¿Qué dijimos, Mati? Nada de comprar porquerías.

Mi hijo no me escucha y corre hasta otro negocio.

Insiste.

Me agota.

Apuro el paso, me pongo a la par.

Matías mira un dinosaurio de látex que escupe fuego por la boca.

Lo apunta con el dedo.

─¿Me comprás?

Niego con la cabeza.

Matías se arrodilla y junta las manos.

Suplica.

Me hace reír.

─Levantate que vas a manchar el pantalón.

Mi mujer quedó atrás, en mitad de la peatonal y yo le hago una seña para que nos espere.

Entramos al negocio.

Matías recorre las góndolas hasta que encuentra el dinosaurio.

─Por favor, papá.

Me termina aflojando.

Vamos hasta la caja para averiguar el precio.

Carísimo.

Encima no aceptan tarjeta y no llego con el efectivo.

Matías me mira con el dinosaurio abrazado contra el pecho.

─Un segundo, por favor─ le pido a la vendedora y ella levanta el pulgar.

Saco el teléfono del bolsillo y mensajeo a mi mujer.

“Tenés quince mil en efectivo?”

“En qué quedamos?”

“Es lo último que le compramos hasta el cumpleaños. Tenés?”

En la pantalla aparecen las dos tildes, pero mi mujer no contesta.

Espero un rato y vuelvo a mensajearla:

─“Sí o no?”

Nada.

Raro.

Le digo a Matías que me espere.

─Voy hasta la puerta a ver dónde está mamá, no te muevas de acá.

Le hago una seña a la vendedora para que lo mire y ella vuelve a alzar el pulgar.

Camino hasta la entrada.

Me asomo.

No veo a mi mujer sobre la peatonal.

Ojeo para todos lados.

Empiezo a cogotear.

Al final, en puntas de pie, alcanzo a verla detrás de un grupo de pibes, sobre la vereda de enfrente.

¿Con quién habla?

Trato de hacer foco, no llego a distinguir.

Giro hacia mi hijo.

─Matías, vení.

Vaya a saber con qué tono lo llamé que mi hijo deja el dinosaurio y viene sin chistar.

Lo tomo de la mano para cruzar.

Mientras esquivo gente que viene y va en todas direcciones, me termina de caer la ficha.

Sé quién es, aunque ahora use el pelo largo y nunca lo haya visto personalmente.

Mi mujer se sorprende cuando nos ve.

─Ah, están acá.

La miro.

Ella mantiene las cejas alzadas y no para de pestañear.

Aspiro hondo.

¿Qué voy a decirle?

Hace seis años estuvo a punto de casarse con Octavio.

─Él es Octavio, me dice, con la sonrisa congelada.

─Octavio, mi marido y mi hijo.

Le digo mi nombre, chocamos las manos.

─Un gusto.

Los recuerdos caen como un piano.

─Un placer.

Cuando la conocí, mi mujer se quedaba callada por largos ratos, metida en su mundo, como si yo no estuviera.

Ahora Octavio está agachado a la altura de Matías:

─¿Y vos cómo te llamás, campeón?

Yo la dejaba, seguía con mis cosas, nada de preguntas.

Mi hijo mira a Octavio antes de contestarle.

─Matías.

En ese entonces tenía cuarenta y tres años y ella apenas había cumplido treinta.

─Qué lindo nombre.

Mi mujer le dice a mi hijo:

─¿Qué se dice, Mati?

Tenía que ser paciente ¿qué podía hacer?

─Gracias, dice mi hijo.

Recién se había separado del hombre con el que quiso compartir la vida. Ella nunca me lo dijo. No hizo falta. Me alcanzó ver las fotos en el Facebook de Octavio. Abrazados en la pileta, caminando juntos en algún viaje, divirtiéndose con los amigos. Pasé días mirando las publicaciones con ella que él todavía no borró.

Mi mujer me toca el brazo.

Vuelvo en mí.

Ella y Octavio sonríen.

─¿Escuchaste lo que dijo Matías?

Le digo que no.

─Perdón ¿qué dijo?

─Le preguntó a Octavio por qué tiene pelo de mujer.

Sonrío yo también.

Niego con la cabeza.

Trato de acomodarme.

Mi mujer le aclara a Matías que no existe pelo de hombre o de mujer, cada cuál lo usa como quiere.

Octavio se incorpora, dice que tiene una reunión y está llegando tarde.

Mira a mi mujer a los ojos.

─Qué bueno verte.

─Lo mismo digo, contesta ella.

Se despiden tomados de los hombros, con un beso en la mejilla.

Después Octavio revuelve los rulos de Matías y me da la mano de nuevo antes de irse.

Nos quedamos en silencio.

Mi mujer hace una mueca, finge una sonrisa.

No sabe qué decir.

Al final suspira con los ojos pesados y la mirada suspendida en el aire.

Una nube opaca en algún momento tapó el sol y ahora sopla un viento fresco.

Sería mejor volver antes de que oscurezca.

En eso pienso cuando Matías empieza a tironearnos del brazo.

Mi mujer lo mira, se lleva la mano a la frente.

─Me habías pedido quince mil ─me dice mientras revisa la cartera─. Ay, tengo trece.

Vuelvo a buscar en los bolsillos.

─No llegamos.

Mi hijo empieza pucherear.

─Le pedimos descuento ─propone mi mujer─. Por dos mil pesos no va a decir que no.

Alzo los hombros.

Mi hijo se apura a cruzar la peatonal rumbo al negocio.

Mi mujer y yo corremos detrás de él.


Comentarios

4 respuestas a “Chinatown”

  1. Eduardo La voz Romantica Avatar
    Eduardo La voz Romantica

    Y considero que priorizó en su momemto a Octavio se econtró con esa mujer libre de compromiso y le molesto la rutina del pedido de los 15.000 pesos . Lo marcó con su Silencio
    Luego que disfruto ese momento de rencuentro .
    La culpa pudo mas y cedió a la compra del juguete. Son las hipocresías del amor. ( atrapante historia ) Edu un viejo Amigo

  2. Claudia Abramovich Avatar
    Claudia Abramovich

    Es hijo de Octavio? Se llama Matías como mi primer hijo.

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