El Protagonista

La primera vez que pisé el cantobar fue con el Turco. Un rato antes, nos habían echado de una disco porque al Turco se le ocurrió hablarle a una piba que resultó ser la novia del hijo del dueño. Encima, a esa hora, el colectivo no pasaba por la avenida y no teníamos un peso para volver en taxi. Caminamos para el lado de Directorio. Nos metimos en una calle angosta, oscura, un pasillo negro en medio de la ciudad.

─¿Justo a esa piba tenías que hablarle?

─Por lo menos encaro y no ando siempre amargado como vos.

Seguimos puteándonos un par de cuadras hasta que, de la nada, oímos voces por micrófono y escuchamos música. En la otra esquina vimos una luz blanca que alumbraba hasta la vereda. Con el Turco apuramos el paso. Llegamos a una casona antigua de rejas altas: adelante había un jardincito en bajada, al fondo un ventanal enorme que ocupaba casi todo el frente y, sobre el techo, el cartel que decía “El Protagonista, cantobar”.

Del lado de afuera del ventanal unos pibes tomaban cerveza y fumaban mirando a través del vidrio a una rubia altísima que cantaba adentro, sobre el escenario, y cada tanto giraba para hacer los coros con ellos.

–¿Quieren pasar? –nos dijo uno de los pibes señalando el portón del costado.

Con el Turco nos miramos y alzamos los hombros a la vez.

El cantobar estaba oscuro, casi en penumbras, quizá para disimular que había apenas dos o tres mesas ocupadas.

Daniela ─después supe que se llamaba Daniela─ terminó de cantar y vino hacia nosotros.

─Bienvenidos.

Dijo de sentarnos con los amigos y llamó al Chaqueño que andaba por las mesas.

─Él es el dueño del lugar.

Al rato el Chaqueño apareció con una jarra de clericó y unos potecitos con maníes. Estaba por sentarse, pero el acople rompía los tímpanos y el Chaqueño fue hasta la cabina a ver qué estaba pasando con los micrófonos, que lo arreglaran, con ese ruido iban a caer los municipales.

A la vez, el pibe que conducía llamó al escenario a uno de nuestra mesa.

Daniela me acercó el listado de pistas y los papelitos para anotar.

─¿Querés cantar, Emiliano?

─No, paso.

Me di cuenta de que no serían más de cinco o seis los que subían a cantar.

─Estamos tratando de convocar gente ─nos dijo el Chaqueño al Turco y a mí cuando dejó de acoplar─ tengo algunas ideas que, si me salen, esto revienta.

El Turco hizo un gesto para que nos vayamos.

─A mí no me molesta que seamos pocos ─dijo Daniela ─. Por algo nos llamamos “la secta” ¿no?

El Chaqueño asintió con la cabeza.

─Este lugar no tiene medias tintas –nos dijo ─: o te hace parte o te expulsa de una.

Esa noche expulsó al Turco, que me juró no volver a pisar ese antro.

Yo, en cambio, empecé a ir todos los fines de semana.

Y eso que nunca se me había dado por cantar, pero Daniela tanto machacó que, una noche, tomé coraje.

Canté Seminare.

Si podía llamarse cantar: entré en cualquier parte y desafiné todo lo que se podía.

Pero los pibes me ovacionaron de pie y a mí el corazón me latía como un bombo.

─A partir de ahora Seminare la canta Emiliano –gritó el que conducía y todos volvieron a aplaudir. Desde esa noche, el de la cabina supo que la canción se anotaba con mi nombre.

A esa altura, desde el domingo esperaba el viernes.

Ensayaba frente al espejo del baño, probaba los agudos, me grababa en casetes.

Un sábado empezó a diluviar y se cortó la luz.

─Acá no se va nadie ─gritó uno. Otro prendió velas y alguien desenfundó la guitarra. Armamos cantobar en vivo hasta el amanecer. Desde ese día, cuando el boliche cerraba, nosotros seguíamos de largo. El Chaqueño juntaba las mesas, abría alguna botella y empezaba con la cantinela: que no daban los números, que faltaría la visita de algún famoso, que él era amigo del representante de Magalí Muría y de Martín Vivas…

Simulábamos no escucharlo, pero alguno de los pibes siempre arrancaba:

─¿Magalí Muría y Martín Vivas? ¿Los de la novela?

─Mi amigo me dijo que en estos días van a filmar por Flores ─decía el Chaqueño, poseído─ Una sola noche que vinieran, pasaría al frente.

─¿La Muría en este bodegón? ─agregaba otro.

Y enseguida alguna de las chicas gritaba:

─Traenos a Martín.

Todos nos doblábamos de risa.

Nos reíamos, pero en el fondo teníamos pánico de que un día el Chaqueño se despertara cruzado, dijera “no va más” y bajara la cortina.

Por eso empezamos a salir con Daniela a invitar a la gente que pasaba por la vereda.

Ella tenía el don de adivinar quién iba a entrar y quién no.

Le pregunté cómo hacía.

─Los que entran tienen la misma carita de perdidos que tenías vos ─me abrazó, tentada─. Me daban ganas de aplaudir y que tus papis te vinieran a buscar.

Una noche me animé y le dije, como pude, que estaba confundido, no sabía si era solo amistad lo que sentía por ella.

Daniela me apoyó los dedos en la cara.

Sonreía.

─Ay, Emi, si fueras un poquito más alto…

El viernes siguiente tenía que irme temprano porque rendía el lunes, le avisé al de la cabina para pasar primero y me senté a la mesa.

Daniela hablaba sin parar, alterada, como con miedo de que nada fuera a seguir igual.

─Qué lástima que te vas. Quería que hablemos ─me dijo.

Terminó la tanda de música y el que conducía subió al escenario, pero no llegó a anunciarme porque el Chaqueño vino desde el fondo hecho una tromba.

─Acompañame ─le dijo y salieron los dos corriendo por la puerta.

Yo les grité.

─Apuren, tengo que irme en un rato.

Esperé un rato.

Como no volvían, salí al patio.

Alcancé a dar dos pasos y me clavé en el lugar.

En la puerta estaba Magalí Muría, peinada de dama antigua.

El Chaqueño le trajo un champagne francés que nadie supo que tenía.

─Me imagino que estarás agotada.

Le dijo de camino a la mesa de adelante.

Volví a sentarme y Daniela me agarró la mano, como si no fuera verdad lo que veíamos.

─¿Esta mina no tenía novio? ─preguntó a las otras pibas de la mesa.

─¿Qué novio?

─Martín Vivas ─dijo Daniela─igual, te digo: mucho macho para ella.

El conductor anunció ─parecía que le costaba creerlo ─que Magalí Muría estaba en El Protagonista.

Gritos, aplausos.

Enseguida le preguntó si quería cantar y ella dijo que sí, quería cantar Seminare.

─El tema de Emiliano─ el que conducía me señaló.

Magalí Muría se dio vuelta.

Yo le hice una especie de mueca y ella vino hasta la mesa.

─¿Querés cantarla conmigo?

Daniela dio un respingo y me soltó la mano.

─Me hago, chicos ─dijo levantándose de la silla─ Suerte con el dúo ─y salió para el baño.

Magalí ni la miró.

─¿Cantamos?

Subí al escenario con ella y desde arriba pude ver el cantobar repleto hasta el patio.

También vi al Chaqueño con los dedos en tijera, rogando que no entrara nadie más.

Cuando terminamos de cantar fue una ovación.

─¿Me acompañarías hasta el auto?

Me dijo Magalí al oído.

─Me olvidé los mentolados y hay cada carita por acá.

Se puso el tapado y encaró para la puerta.

Yo la seguí detrás.

En el patio me crucé con Daniela que salía del baño. Me pellizcó un cachete.

─No te pierdas.

Al salir con Magalí la gente me palmeaba la espalda, gritaba cosas lindas o guarangadas.

─Estacioné a dos cuadras ─me dijo ni bien pisamos la vereda.

En medio de la caminata ella se pegó a mí.

─Qué frío.

Entró al coche y se arregló el pelo frente al espejo.

─Parezco mi bisabuela.

Después prendió la calefacción, buscó los cigarrillos en la guantera y al recostarse sobre el asiento largó la carcajada.

─Fuimos un desastre.

─¿Por qué? ─pregunté sorprendido ─aplaudieron bastante.

─No es parámetro. A los de la tele nos celebran todo.

En ese momento escuchamos el ruido de motor.

Un coche se había puesto a la par.

El tipo apenas bajó la ventanilla, no podía verlo.

─Te busqué por todos lados.

Magalí suspiró profundo.

─Bajate ─me dijo, seca.

Abrí la puerta del auto y salí.

Magalí salió arando.

El otro coche la siguió.

Volví a El Protagonista a paso lento, con viento de frente, tiritando.

Antes de llegar supe que algo había pasado.

En la entrada del cantobar la gente iba y venía.

Ahora no se oía música y el farol de entrada estaba apagado.

Al llegar pregunté por Daniela y nadie me sabía decir.

En el salón vi la lista de temas desparramada debajo de la mesa.

En el fondo, el Chaqueño y Daniela estaban rodeados por los de la municipalidad.

─No está habilitado, señor ─alcancé a oír.

Uno de los inspectores vino hasta adelante y cruzó la faja de clausura a lo largo del ventanal.

Daniela también se acercó como si yo no estuviera, le dijo algo al oído y volvió para el fondo.

El inspector me ordenó que me fuera.

Apreté los puños.

Me fui.

Caminé tres cuadras hasta Rivadavia y busqué la parada del 92.

Todavía no pasaba por la avenida y la noche recién empezaba a clarear.


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